A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

martes, septiembre 06, 2016

La libertad de prensa y los no lectores

Ayer leí este artículo de Manuel Rico y me pareció que era un soplo de aire fresco para este debate, que subyace de forma continuada y sesgada en España. Así que recomiendo leerlo para entender qué es lo que se cuece en los medios, sin necesidad de lanzar órdagos continuos e ignorantes sobre la falta de libertad y pluralidad.

Pero, ya puestos, hay algo en lo que abundaría: en España se ha creado una especie de conciencia clasificatoria de la prensa. Ésta está basada en criterios cuasi partisanos: nombres de los periodistas o los columnistas, posturas simplificadas por los no-lectores (éstos que no leen y opinan sobre los titulares), quién paga, quiénes son, quiénes fueron. Y esta conducta por parte de los lectores es devastadora. Uno cree que tiene una opinión formada sobre un asunto antes de leer sobre los diferentes puntos de vista o ángulos, y (lo que es más tremendo) uno cree que tiene una opinión formada sobre las opiniones de los periodistas antes de leerlas. Este abandono del pensamiento y de la capacidad de aceptación de la otredad, provoca que los lectores se muevan por criterios de un sectarismo atroz. "Un columnista que escribe tal cosa desde este punto de vista que no me complace; dejo de leer este periódico porque traiciona mi verdad". Los bancos (y otros grupos de inversión) y los políticos tienen mucha más influencia de la deseada sobre los periódicos y sus líneas editoriales. Pero: ¿no sucede lo mismo con los lectores y su (general) ausencia de cintura discursiva?


Y sí, me encanta esa mención tan elegante y tan certera del inquietante cuento de Cortázar, Casa tomada. 

jueves, julio 28, 2016

El insecto aplastado.

Era una tijereta que avanzaba lentamente por el parqué de la cocina mientras que yo escribía un correo electrónico que tenía que enviar de forma inmediata. Debía haberlo enviado horas atrás y en ese momento la urgencia y la hora me apremiaban mientras que la noche, clara, quebradiza, pero sobre todo silenciosa, me miraba a los ojos diciéndome que yo era el culpable de no haber enviado la comunicación a tiempo. El insecto paró por un instante y pude ver sus antenas vigorosas y su abdomen negruzco y anillado, que hicieron de la visión un recuerdo de la infancia, de cuando las cazábamos y éramos tremendamente crueles con ellas, en contraste con el color del suelo de mi casa. Hice clic sobre "enviar" en el correo electrónico y cuando levanté la cabeza el bicho ya no estaba ahí. Y sentí un miedo solapado porque la tijereta hubiera encontrado el camino a algún rincón oscuro y húmedo de la cocina y hubiera realizado una puesta de huevas, que luego serían larvas, y luego pupas, y luego pequeños imagos con estas tremendas pinzas prensoras.  

Recuerdo que durante mi niñez en mi barrio de Barcelona los llamábamos cortapichas, y eran insectos que imponían. Y ciertamente lo hacían. Con sus pinzas traseras dibujando esa forma tan mitológica y amenazante. Eran ese insecto que no hacía nada (nada malo) pero nadie quería tener paseando por el pantalón, o por el suelo de casa. Al no encontrar a la tijereta me di por vencido de una forma casi ausente; la di, a ella, por olvidada. Pensé que olvidaría. Pero no pude, y la noche pasó lenta y mi cabeza jugueteaba conmigo, y la tijereta se reprodujo por centenares y me imaginaba ese lugar húmedo, ese refugio perfecto para el insecto que no había acertado a pensar que debía pisar con mi pie desnudo antes de que anduviera libre por la cocina de mi casa. 

En la mañana busqué su nombre en una página de entomología y descubrí que su verdadero nombre (nombre científico) era dermáptera. Menudo nombre para el insecto que a esas horas estaría paseando por algún rincón de la casa, después de haber dejado su herencia, su prole homicida y feroz, a buen recaudo. Con el café perdiendo su paciencia y su temperatura, y mientras pensaba con la pesadez lúcida del idiota que desatiende a la realidad, apareció mi hijo con su carrito, con su andador de madera, con su juguete favorito. Con el que ya no sólo camina, sino que corretea por la casa y por los parques mientras se ríe a carcajadas. Quién sabe si de felicidad o de emoción. Tal vez de felicidad emocionada. Y en una de esas, soltó el carro, se dejó caer de culo y me miró para que lo cogiera en brazos. Y cuando moví el carrito para apartarlo de mi camino, me encontré con la querida y temida tijereta, la dermáptera de las pérfidas metamorfosis, el cortapichas de nuestras pesadillas, con las pinzas amenazantes y épicas, que había sido aplastado por la rueda inocente del carro de mi inocente hijo. Justo había leído una última línea sobre las dermápteras: m
uchas especies prodigan cuidados maternales a los huevos, volteándolos y lamiéndolos continuamente para evitar cualquier tipo de contaminación. Me agaché, cogí a la dermáptera y le dediqué una despedida lenta y silenciosa mientras caminaba hacia la basura en la que la deposité con la delicadeza de quien acababa de aprender algo sobre algo que entonces ya estaba muerto, y en el cubo de la basura orgánica. Mi hijo sonreía ajeno al pequeño drama, tragicómico y contradictorio, que había generado mi miedo soterrado. En la bandeja de entrada del correo electrónico apareció un nuevo mensaje, dos signos de interrogación, una pregunta vacía que se abría y se cerraba con inquietante corrección, encabezaban la respuesta de Gregorio San Sebastián. Un adjunto que contenía la fotocopia de un contorno tenaz e inspirador, unas pinzas cinceladas, con ese cuerpo que fue brillante y quitinoso en vida, y que ahora se trazaba en líneas carbón que me recordaban a la calcinación de los miedos antiguos en la retina del tiempo consumado.

miércoles, febrero 17, 2016

Manual breve de lectura del también breve El cálculo de la Soledad

Estimado lector:

Prepárate, ármate de benevolencia, para leer el libro que tienes en las manos. Me permito advertirte de que esta obra no es Borges y tampoco es bailable (gracias por tus canciones, Javier), pero no te alarmes, no es necesario que le quites demasiado tiempo a tu Balbec particular, y tampoco hace falta que tomes asiento, será (he sido) breve y, como bien sabes, leer poesía es un ejercicio de indisimulado onanismo que hay que hacer de pie y en voz alta. Si convives con el infortunio de conocerme personalmente, olvida, por un rato, todo lo que sepas de mí, yo no soy el libro y sus poemas son tan tuyos o tan ajenos a ti como lo son a mí. Lee las citas con atención, pues considero que son atinadas y excelsas (de excelsos autores). Lee el prólogo (si eres de los que se saltan prólogos no leas mi libro, por favor) y, mientras lo haces, dale, de mi parte, y de nuevo en voz alta, casi en grito, las gracias a Luis Eduardo Aute por semejante gesto. En la página diecinueve comienza lo que es el libro de poemas y justo ahí es donde espero que estés ya de pie y gritando hasta que muera la noche (por fin), para luego pasear tus labios por la minuciosidad de los encajes, mientras te preparas para darle al play para poner So long, Marianne de Leonard Cohen, que dará comienzo al poema de la página veinticinco. Léelo y espera a que termine la canción para pasar al poema de la página veintisiete, que es un no-recuerdo dulce y ciertamente pueril. Baja después por la Avenida Río Sena y grita (sí, de nuevo) de rabia el poema porque, como sabes, es tan cierto como lo son el hambre y la hipocresía sobre la tierra, luego piensa en la soledad del que grita sin esperanza bajo la nieve que cae y de lo bello que sería poder darle un beso en la mejilla a Greta Garbo. Luego, con desdén, sin remordimientos, arranca la página treinta y cinco. Hazlo, te lo suplico. Y en la treinta y siete susurra el Haikú respirando una pausa entre el segundo y el tercer verso. La página treinta y nueve se abre con la imagen de una fuente seca, con hojas que obstruyen sus desagües y con manchas de humedad que turban la mirada y hacen recordar. El siguiente poema es una noche de sábado de soledad en casa, cuando ya no hay nada allá afuera que realmente valga la pena. Después viene un Haikú afortunado y un entender la muerte, por la mañana, cuando ya se ha atravesado el desconcierto y el dolor de la noche. La página cuarenta y siete es un fragmento (¿quizás debería haber puesto todo el poema?) de un poema  que se piensa en la nostalgia de lo que no vuelve, y la cuarenta y nueve es un portazo de horror y vómito, un adiós terrible. En la página cincuenta y uno encontrarás el poema que le da nombre al libro y tal vez el único que aún no me produce demasiada vergüenza. Después viene un canto de despedida que es un pequeño homenaje que escribí cuando se fue una amiga tremenda y que he querido incluir en el libro por tener ese homenaje en algún lugar, en alguna estantería. El poema de la página cincuenta y cinco es un canto al olvido, de repente, con resaca, una mañana, para seguir con un fragmento de un viejo poema que titulé malditos y que llevo recitando, aquí y allá, varios años. Quizás fue un desatino (otro más) no incluir todo el poema. Inmediatamente después hay un descanso de página en blanco, bella, relajada, locuaz, y aparece un relato que es una suerte de crédito extra del libro. Un relato breve surrealista, que considero un pequeño tributo a Agustín Espinosa, maestro del surrealismo canario. Justo después encontrarás lo que hemos (Amparo y yo) llamado “proceso inverso” porque primero fue la ilustración y luego se escribió el texto. Al final, para concluir, hay un listado con los nombres de los mecenas que apoyaron el proyecto de publicación. Si fuiste uno de ellos, querías aparecer ahí y no te encuentras, quéjate a la editorial, quéjate amargamente si quieres, pero creo que ya, a estas alturas de la historia, poco se podrá hacer con la edición del libro que justo en ese momento estarás cerrando en su contraportada.


                                                                    Helsinki, enero de 2017

viernes, enero 15, 2016

sobre la justicia, el dolor y el odio

George se reúne por las noches con un grupo de veteranos de guerra. Discuten sobre política y sobre cómo afrontar la reconstrucción que entienden se está haciendo contra los valores que defendieron en la contienda que acaban de perder. Es un diciembre frío y apacible del año mil ochocientos sesenta y seis. Cerca de la media noche deciden salir a patrullar por el centro de Jackson. Al cabo de un rato se topan con dos negros. Éstos intentan huir, pero la patrulla atrapa a uno. La calle está desierta. El liberado les dice que se llama Booker y les suplica que le dejen ir, que tiene familia esperando en casa, que tiene hijos. George está de pie, mirando como el negro suplica desde el suelo, y recuerda a su hija sollozando mientras le explicaba cómo varios esclavos liberados habían violado a una compañera de escuela. Está nervioso y excitado por el desprecio que le llena. Han perdido la guerra, los hombres del sur murieron por cientos de miles, los carpetbaggers les humillan a diario en su propia tierra, se siente ultrajado y tiene miedo de que el mundo de los estados del sur, tal y como lo había conocido, se vaya al garete. Propina a Booker una patada tremenda en la cabeza, luego coge su arma, se aleja un paso y le pega un tiro en la sien. La mujer de Booker nunca podrá entender por qué su marido fue asesinado aquella noche, la mujer de George nunca supo que aquel día supuso el principio del final de su vida como una familia normal.

Casi ciento cincuenta años después, en Padua, una patrulla de la autodenominada Guardia Nacional Italiana está paseando de madrugada por el centro de la ciudad. Antes de reunirse han visto en las noticias que habían denunciado otra violación en un pueblo de la zona y la víctima reportó que se trataba de dos hombres con rasgos árabes. En Vía Livello se tropiezan con Amín y él intenta evitarlos y, cuando ya entiende que no puede escapar de su acoso, intenta decirles en un torpe italiano que no quiere problemas, que le dejen tranquilo. Amín sobrevive a esa noche pero recibe una terrible paliza que da con él en el hospital. Al cabo de unos días está en casa, pero ni siquiera puede salir a buscar trabajo porque tiene la espalda destrozada. Sus hijos no saben qué ha pasado, pero ven a su padre llorar algunas noches mientras su madre intenta consolarlo. Cuando sus hijos le preguntan, Amín no sabe qué responder, cómo explicar lo que le pasó y por qué le pasó a él.

Mientras escribo estas líneas es noche entrada en Finlandia, y es posible que justo en este momento haya grupos de patriotas finlandeses paseando por las calles de Kemi. Son hombres con leones tatuados y un desarrollado orgullo nacional. Son ciudadanos normales, con familias, con trabajos normales, y no soportan la idea de que pueda venir gente que no comparta sus valores más básicos, que no respete las normas de convivencia de la sociedad finlandesa. Tienen miedo de que aumente la violencia callejera hacia las mujeres, de que haya más robos, de que entre los solicitantes de asilo político haya simpatizantes del Daesh. Puede que hoy algún chico con apariencia no finlandesa se los encuentre y pase un mal rato. Puede que sólo sea eso, que le miren mal y que él pase miedo. Puede que lleguen a insultarlo. O puede que el chico que se los encuentre termine en las urgencias de algún hospital o en comisaría denunciando una agresión de la que no sepa explicar los motivos.

George abandonó el Ku Klux Klan gracias a las súplicas de su esposa, pero cinco años después se pegó un tiro en la boca porque su culpa se le hizo insoportable. Sus hijos aún eran adolescentes. Booker fue enterrado por su familia. Sus dos hijos varones crecieron sin padre y tuvieron una vida tremendamente dura, como lo fue la de muchos negros en la segunda mitad del siglo diecinueve en los Estados Unidos. Amín se mudó a Málaga con su familia e intenta poder tener una vida normal, ganando sueldos de miseria en trabajos que le muelen la espalda. La víctima de la hipotética agresión en Kemi tiene miedo, de hecho todas ellas tienen miedo. Mucho miedo.

Es posible que Booker, Amín o los hijos huérfanos de George hayan existido con otros nombres pero con un sufrimiento parecido. Es posible que ahora mismo alguien con rasgos árabes o subsaharianos esté sufriendo una agresión en el norte de Finlandia, o en Italia, o en Alemania, o en España. Es posible que este texto no sirva para nada o que dé una idea confusa al lector. Es posible que aún no sepamos distinguir entre víctimas y verdugos, y que no entendamos que, por encima del respeto a los demás y de la ley, sólo somos verdugos.

“Hell is empty and all the evils are here” The Tempest, William Shakespeare

El análisis simple y complaciente que con frecuencia nos lanza a calificar de imbéciles y deshechos sociales a los que tienen conductas racistas, no ayuda. Quizás nos ayude a sentirnos bien, a diferenciarnos de la brutalidad y de la ignorancia, pero no ayuda a solucionar el problema y mucho menos ayuda a lograr que la sociedad supere el miedo a los otros y sea una sociedad de verdad justa y diversa. La solución tiene que pasar inexorablemente por proteger a las víctimas con contundencia y trabajar para que la mayor parte de la sociedad, si no toda, no sienta miedo y se sienta segura en su entorno.
Todos estamos cerca del horror. Nuestro miedo puede hacer que caigamos en él.
Por otra parte, si nos arrogamos como los guardianes de la justicia, no seremos justicia ni ley: somos la deleznable arbitrariedad que deriva del miedo y del odio. Somos la continuación del odio, otro eslabón más de la barbarie que nunca terminará.

lunes, diciembre 28, 2015

Avenida Río Sena

Poema incluído en el libro "el cálculo de la soledad"

AVENIDA RÍO SENA

UNA viejita envuelta en telas
(también viejas).
Está sentada en el suelo, rodeada
de pasos rápidos y colillas pisoteadas,
y de la armonía
de esa señora que camina con dos niños limpios,
del taxista que lejano adecenta su auto en la parada.
La vieja les sonríe y me sonríe. Bella y tenue,
luz que huye.

Suenan bocinas y risas mientras ella come
muy despacio
con sus manos agrietadas.
Come alguna cosa envuelta en un papel aluminio
que apoya sobre su chaquetilla roja de punto.
(Levanta la cabeza mientras mastica
y mira
con sus ojos vividos al cielo interrumpido por los ligustros,
luz arrugada entre sus petulantes hojas)
Y me habla como quien besa a la vida.

Le doy cien miserables pesos y sonrío
desbordante de generosidad manifiesta.

Av. río Sena, dice la placa
justo encima de sus canas dignas y hambrientas,
pero podría ser cualquier otro rincón de América.
Ella se levanta con insospechada agilidad
y se acerca a unos chicos; parece
que les habla con una dulzura estremecedora,
ellos comen tacos y comparten chelas.
(Pero ni siquiera la miran.
Bajan sus repugnantes cabezas
y esperan a que se marche)

Los miserables siguen conversando,
pago cuatrocientos pesos por mi almuerzo
y me voy satisfecho por mi bondad.

Y por mi odio.