A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

lunes, febrero 27, 2017

Revista Aurora Boreal - relato Aurora

La revista literaria Aurora Boreal ha tenido a bien publicar un microrrelato recogido en mi primer libro, de título reprochable, pero que, y a pesar de ello, no aborrezco demasiado, o por lo menos, no lo suficiente como para pensar que el título está a la misma altura que el contenido del mismo.

Sin más dilación, aquí, ahora, el relato titulado Aurora:

http://www.auroraboreal.net/literatura/mini-relato/2455-aurora

viernes, febrero 17, 2017

TU PIEL RUTINARIA


Llega el día en el que te preguntas si es amor,
cruzas el umbral de su casa
y nada vuelve a ser como antes.
La tibieza de sus párpados,
tus manos temblorosas,
el recuerdo de las noches en las que rastreabas abrazos,
todo va y viene, cuando los días lentos de la vida conyugal
y la memoria abigarrada bajo tu piel rutinaria.






miércoles, octubre 12, 2016

LES POSTALS


El dia ja crema en sortir del portal de casa
i els coloms arrosseguen la seva solitud
per les voreres, just al costat dels plataners,
ombres de l’eixida. Sabia que faries tard,
però arribar vint minuts després de les tres per fer un cafè
no és exactament fer tard.
Caminem en silenci.
Hi ha tant per parlar
i tant poc és el que podem fer.
Com estan els pares? Aixeques el cap,
jo baixo el meu pel pes del teu silenci.
Passen uns nens
i als dos ens fa l’efecte que són feliços,
i, jutjant les seves robes, jutjant sense saber,
el seu córrer com per fugir del món,
la seva feresa en els ulls,
el seu estar en la ciutat molt lluny de la ciutat,
pensem que els seus pares pateixen per fer-los feliços.

T’enrecordes de si ja eren així els edificis en la nostra infantesa?
Aquesta negror, aquesta brutícia,
aquest tremolar quiets,
aquesta Barcelona lletja.

Parem al bar Caracas,
demanem dos cafès i el cambrer fa sonar la cafetera amb força 
i plena de records. Ofegant la televisió. 
El cambrer parla amb un altre client,
i li diu que la ciutat més guapa, la més bonica del món, és Barcelona.

Em mires i no sé què dir.
Barcelona, aquesta Barcelona?
Passen uns segons abans de que gosi a contradir:
La de les postals, Luis,
aquesta no, la Barcelona de les postals.



martes, septiembre 06, 2016

La libertad de prensa y los no lectores

Ayer leí este artículo de Manuel Rico y me pareció que era un soplo de aire fresco para este debate, que subyace de forma continuada y sesgada en España. Así que recomiendo leerlo para entender qué es lo que se cuece en los medios, sin necesidad de lanzar órdagos continuos e ignorantes sobre la falta de libertad y pluralidad.

Pero, ya puestos, hay algo en lo que abundaría: en España se ha creado una especie de conciencia clasificatoria de la prensa. Ésta está basada en criterios cuasi partisanos: nombres de los periodistas o los columnistas, posturas simplificadas por los no-lectores (éstos que no leen y opinan sobre los titulares), quién paga, quiénes son, quiénes fueron. Y esta conducta por parte de los lectores es devastadora. Uno cree que tiene una opinión formada sobre un asunto antes de leer sobre los diferentes puntos de vista o ángulos, y (lo que es más tremendo) uno cree que tiene una opinión formada sobre las opiniones de los periodistas antes de leerlas. Este abandono del pensamiento y de la capacidad de aceptación de la otredad, provoca que los lectores se muevan por criterios de un sectarismo atroz. "Un columnista que escribe tal cosa desde este punto de vista que no me complace; dejo de leer este periódico porque traiciona mi verdad". Los bancos (y otros grupos de inversión) y los políticos tienen mucha más influencia de la deseada sobre los periódicos y sus líneas editoriales. Pero: ¿no sucede lo mismo con los lectores y su (general) ausencia de cintura discursiva?


Y sí, me encanta esa mención tan elegante y tan certera del inquietante cuento de Cortázar, Casa tomada. 

jueves, julio 28, 2016

El insecto aplastado.

Era una tijereta que avanzaba lentamente por el parqué de la cocina mientras yo escribía un correo electrónico que tenía que enviar de forma inmediata. Debía haberlo enviado antes, y en ese momento la urgencia y la hora me apremiaban mientras que la noche, clara, quebradiza, pero sobre todo silenciosa, me miraba a los ojos diciéndome que yo era el culpable de no haber enviado la comunicación a tiempo. El insecto paró por un momento y pude ver sus antenas vigorosas y su abdomen negruzco y anillado, que hicieron de la visión un recuerdo de la infancia, de cuando las cazábamos y éramos tremendamente crueles con ellas, en contraste con el color del suelo de mi casa. Hice clic sobre "enviar" en el correo electrónico y cuando levanté la cabeza el bicho ya no estaba ahí. Y sentí un miedo solapado porque la tijereta hubiera encontrado el camino a algún rincón oscuro y húmedo de la cocina y hubiera realizado una puesta de huevas, que luego serían larvas, y luego pupas, y luego pequeños imagos con estas tremendas pinzas prensoras.  

Recuerdo que durante mi niñez en mi barrio de Barcelona los llamábamos cortapichas, y eran insectos imponentes. Y ciertamente lo eran. Con sus pinzas traseras dibujando esa forma tan mitológica y amenazante. Eran ese insecto que no hacía nada (nada malo) pero nadie quería tener paseando por el pantalón, o por el suelo de casa. Al no encontrar a la tijereta me di por vencido de una forma casi ausente; la di, a ella, por olvidada. 


Pensé que olvidaría, pero no pude, y la noche pasó lenta y mi cabeza jugueteaba conmigo, y la tijereta se reprodujo por centenares y me imaginaba ese lugar húmedo, ese refugio perfecto para el insecto que no había acertado a pensar que debía pisar con mi pie desnudo antes de que anduviera libre por la cocina de mi casa. 

A la mañana siguiente busqué su nombre en una página de entomología y descubrí que su verdadero nombre (su nombre científico) era dermáptera. Menudo nombre para el insecto que a esas horas estaría paseando por algún rincón de la casa, después de haber dejado su herencia, su prole homicida y feroz, a buen recaudo. Con el café perdiendo su paciencia y su temperatura, y mientras pensaba con la pesadez lúcida del idiota que desatiende a la realidad, apareció mi hijo con su carrito, con su andador de madera, con su juguete favorito. Con el que ya no sólo camina, sino que corretea por la casa y por los parques mientras se ríe a carcajadas. Quién sabe si de felicidad o de emoción, tal vez de felicidad emocionada. Y en una de esas, soltó el carro, se dejó caer de culo y me miró para que lo cogiera en brazos. Y cuando moví el carrito para apartarlo de mi camino, me encontré con la querida y temida tijereta, la dermáptera de las pérfidas metamorfosis, el cortapichas de nuestras pesadillas, con las pinzas amenazantes y épicas, que había sido aplastado por la rueda inocente del carro de mi inocente hijo. Justo había leído una última línea sobre las dermápteras: m
uchas especies prodigan cuidados maternales a los huevos, volteándolos y lamiéndolos continuamente para evitar cualquier tipo de contaminación. Me agaché, cogí a la dermáptera y le dediqué una despedida lenta y silenciosa mientras caminaba hacia la basura en la que la deposité con la delicadeza de quien acababa de aprender algo sobre algo que entonces ya estaba muerto y en el cubo de la basura orgánica. Mi hijo sonreía ajeno al pequeño drama, tragicómico y contradictorio, que había generado mi miedo soterrado. En la bandeja de entrada del correo electrónico apareció un nuevo mensaje, dos signos de interrogación, una pregunta vacía que se abría y se cerraba con inquietante corrección, encabezaban la respuesta de Gregorio San Sebastián. Un adjunto que contenía la fotocopia de un contorno tenaz e inspirador, unas pinzas cinceladas, con ese cuerpo que fue brillante y quitinoso en vida, y que ahora se trazaba en líneas carbón que me recordaban a la calcinación de los miedos antiguos en la retina del tiempo consumado.