A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

martes, octubre 17, 2006

Recordando a Tania

En los agradecimientos de mi proyecto escribí el primero de estos dos fragmentos en recuerdo de Tania. Es evidente que el segundo de ellos es una modificación del primero.

Lloran niños bajo la alameda, dice la brisa. Siles se despierta en sombras. Allí en la húmeda vaguada, la madreselva susurra que una hija de aquella tierra ha comenzado un largo viaje.
A orillas de la Laguna Estigia el Cancerbero espera. El agua está reposada y más oscura que de costumbre. Caronte sospecha acerca de su pasajero, y mientras tanto, guía su góndola hacia un triste y ya domesticado guardián que sueña con la nueva visita.
En algún lugar del pueblo, las paredes de una habitación luchan contra la penumbra por recuperar su claro azul; en su ayuda, sólo velas moribundas. Ella ya no está. Lo demás es silencio.



Lloran niños bajo la alameda, dice la brisa. Siles se despierta en sombras. Allí en la húmeda vaguada, la madreselva susurra que una ausencia encapota el cielo del valle. Dolido, el enebro aguarda las malas nuevas; será mejor que los jilgueros no salgan, que la brisa descanse, que las campanas repiquen sordas, vagas, distantes.
A orillas de la Laguna Estigia el Cancerbero espera. El agua está reposada y más oscura que de costumbre. Caronte sospecha acerca de su pasajero, y mientras tanto, guía su góndola hacia un triste y ya domesticado guardián que sueña con la nueva visita.
En algún lugar del pueblo, las paredes de una habitación luchan contra la penumbra por recuperar su claro azul; en su ayuda, sólo velas moribundas. Ella ya no está. Lo demás es silencio.

jueves, febrero 16, 2006

Auden, otra traducción de "Parad los relojes"

Alguien muy importante, hace tiempo, me ecribió este poema de Auden en el interior de un libro que me regaló. Muchas gracias.

W. H. Auden
Melancolía de funeral

" Para todos los relojes, corta el teléfono,
impide que el perro ladre con un hueso jugoso.
Silencia los pianos, y con tambor amortiguado,
trae afuera el cajón, deja que los afligidos vengan.
Deja que los aviones circulen gimiendo por encima,
garabateando en el cielo el mensaje "él esta muerto".
Pon grandes cintas alrededor de los blancos cuellos de los cisnes.
Deja que los policías de tráfico usen negros guantes de algodón.
Él era mi norte, mi sur, mi este, y oeste,
mi semana de trabajo y mi descanso de domingo,
mi mediodía, mi medianoche, mi habla, mi canción.
Pense que amor duraría para siempre. Estaba equivocada.
Las estrellas no son deseadas ahora, apaga todas y cada una.
Envuelve la luna y desmantela el sol.
Vuelca el océano y barre la madera.
Porque ahora nada podría hacer ningún bien. "

lunes, enero 30, 2006

La muerte de Miss Self

Como cuando uno disfruta de su anhelo morboso más íntimo, si Miss Self hubiera advertido que el camarero la observaba, se habría marchado de la terraza de aquella cafetería. Pero no, inmersa en su angustiosa lectura, Miss Self velaría el portal de su propia casa durante toda la mañana.

Cualquier insignificante gesto advertiría al camarero, que permanecía de pie, inmóvil, contemplándola. En ausencia de otros clientes, ella monopolizaba su atención.

El té con hielo, era una absurda coartada para poder escenificar su hipotética muerte en el lugar en que la fatalidad sería aún más rotunda. Quería sentirse protagonista de un desenlace miserable y ajeno. Se trataría del ademán más angustioso del destino: fallecer en su propio portal.
Miss Self, representaba la antítesis social de su ficticio homólogo, Máximo estrella. Su vida se había cuajado entre la comodidad de una jovencita de clase media-alta norteamericana, el éxito académico y su pronta entrada en la glamorosa vida de escritores de renombre, pintores, actores y directores de cine.

Si embargo, sin saber muy bien por qué, allí se encontraba ella: mirando de reojo el adoquinado de su portal, dejando perecer los cubitos en su abandonado té, con un libro en sus manos y con un camarero, su camarero, esperando sólo para ella. En la radio de la cafetería sonaba Down On Me.

martes, enero 24, 2006

Las llamadas perdidas


Cada minuto que pasa, se me clava como un resto de fuselaje de algún barco naufragado. Todos duelen, pero espero encontrar esa llamada en el transcurrir de alguno de ellos. Esa insignificante señal de vida, esa comunicación corta, una simple llamada perdida. Las llamadas perdidas viven en la ambigüedad, o mejor dicho: me dejan ahogándome en ambigüedad. Pero me basta. Como un té frío en invierno, me vale con saber que, aunque no como yo quisiera, ella está ahí.
No llama, ni un poco de té anacrónico, ni una llamada perdida.