A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

martes, octubre 17, 2006

Recordando a Tania

En los agradecimientos de mi proyecto escribí el primero de estos dos fragmentos en recuerdo de Tania. Es evidente que el segundo de ellos es una modificación del primero.

Lloran niños bajo la alameda, dice la brisa. Siles se despierta en sombras. Allí en la húmeda vaguada, la madreselva susurra que una hija de aquella tierra ha comenzado un largo viaje.
A orillas de la Laguna Estigia el Cancerbero espera. El agua está reposada y más oscura que de costumbre. Caronte sospecha acerca de su pasajero, y mientras tanto, guía su góndola hacia un triste y ya domesticado guardián que sueña con la nueva visita.
En algún lugar del pueblo, las paredes de una habitación luchan contra la penumbra por recuperar su claro azul; en su ayuda, sólo velas moribundas. Ella ya no está. Lo demás es silencio.



Lloran niños bajo la alameda, dice la brisa. Siles se despierta en sombras. Allí en la húmeda vaguada, la madreselva susurra que una ausencia encapota el cielo del valle. Dolido, el enebro aguarda las malas nuevas; será mejor que los jilgueros no salgan, que la brisa descanse, que las campanas repiquen sordas, vagas, distantes.
A orillas de la Laguna Estigia el Cancerbero espera. El agua está reposada y más oscura que de costumbre. Caronte sospecha acerca de su pasajero, y mientras tanto, guía su góndola hacia un triste y ya domesticado guardián que sueña con la nueva visita.
En algún lugar del pueblo, las paredes de una habitación luchan contra la penumbra por recuperar su claro azul; en su ayuda, sólo velas moribundas. Ella ya no está. Lo demás es silencio.