A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

domingo, enero 24, 2010

Saldando deudas

El termómetro de la ventana de mi cocina marca veinte grados bajo cero. Este domingo ha sido plácido y provechoso. Espoo brilla en enero.

Llevo mucho tiempo sin escribir nada. Además, dejé un relato a medio terminar aún sabiendo que había gente que lo estaba leyendo. Pecado de inconstancia e incluso falta de respeto. Aquel relato está terminado o, mejor dicho, está mostrable. Os lo dejo y os vuelvo a pedir disculpas...


LA MÁQUINA DE MÚSICA

El otoño tiró los libros de las estanterías. Cayeron ya maduros, casi podridos, podridos de angustia, de asqueroso olvido, infectados de polvo y aburridos por su eterna inmovilidad. Ernesto los había dejado oscurecer en un abandono grosero, llenaban todos los rincones del estudio, son libros, nada más, pensó, Quizás tenga que deshacerme de ellos… el papel de los libros es para él es como el de su concurrida colección de amantes, que han ido dejando más o menos rastro en función de pequeños, o grandes a la postre, detalles. Todo son detalles en la vida de Ernesto: algunas canciones, ratos de silencio, orgasmos, mensajes repetidos por mil veces, cafés en compañía, libros que acumula sin sentido e incluso algunas cosas que cree que olvidó. Todo, incluso lo que almacena en su propio piso, pierde importancia con el tiempo. Como la pierden los detalles de su vida en ojos ajenos, ojos como los de sus padres, que le acusan de no llegar a todo lo que él seguro que nunca será.

Al incorporarse cayó algún descolorido ejemplar sobre la cama. Otros fueron a parar al suelo. Le apetecía tomar un café; es curioso, pensó, el café es mucho más que beberlo, es pedirlo, o prepararlo, es tenerlo delante, observarlo. De hecho, el acto de beberlo le parecía secundario. Sus libros seguían ahí, amontonados, doliéndose de la caída y con pinta de no pretender seguir como hasta ahora. Una vez con el café en su taza, se sentó en el sofá, que estaba tapado, sucio había dicho su madre, lleno de cosas; antes tuvo que apartar revistas, madejas de lana, un jersey a medio tejer y el ordenador portátil; y todo, sin ningún orden lógico, fue acumulado en una montonera en el parquet del estudio. Sonó el teléfono. Era Laura: Llegaré diez minutos tarde, lo siento. Entonces recordó su cita con ella. Tenía poco tiempo para ducharse, vestirse e ir al café Ítaca, en donde habían quedado: ella nunca llegaba tarde. En la calle llovía, se preguntó si había llovido toda la noche. Desde luego, no acababa de comenzar.

Las aceras mojadas le forzaban a planear cada paso; brillaba el agua en ellas, respondiendo al sol que les caía con color de primavera. La gente caminaba más despacio que de costumbre, tal vez fuera domingo. Era extraño salir de casa y sentirse mejor que en ella. El forzado orden de la ciudad le daba un aire de confortabilidad que su pequeño piso le negaba; los edificios siempre estaban donde debían estar, las calles aparecían limpias por las mañanas, los jardines regados. Pensó que quizás ese día comenzaba a entender la ciudad que le alojaba, tal vez se estuviera empezando a comprender a sí mismo... Barcelona le abría los pulmones. Nada que ver con lo que sucedía en el pueblo, en donde todo giraba alrededor de lo que se suponía que debía ser, y eso él no lo soportaba. Le asfixiaba que le conociera todo el mundo y que, además, toda esa gente lo supiera todo de él, incluso lo que él aún no sabía de sí mismo. Le dolía vivir en un lugar sin espacio para ser nadie que no estuviera programado de antemano.

Laura estaba sentada mirando hacia algún lugar indefinible, quizás el papel amarillento de la pared, quizás la puerta. Al llegar Ernesto le dijo que no podía quedarse mucho rato: Tengo otra cita dentro de una hora, lo siento, no he podido hacer nada, tenía que ir. En cualquier caso podía ir con ella, no habría ningún problema, Ya veríamos, pesó él... ella pidió una ensalada, él no tenía hambre, se había despertado tarde y su estómago no iba con el paso normal del día. Los sábados son capaces de alterar lo que los cinco días anteriores se trabaja para mantener ordenado. Accedió a ir con ella a su cita...

El bar estaba prácticamente vacío. Apenas una pareja tomaba el vermut en silencio justo al lado del ventanal que daba a la calle Gran de Sant Andreu. Laura se acercó a una mesa. Daba la sensación de que dudaba de si el hombre que esperaba en la mesa fuera con el que ella tenía que encontrarse, él se incorporó, también con aire dubitativo, sonrió, extendió el brazo, ella respondió ceremoniosa, los dos sonrieron. Jorge, este es Ernesto, un amigo, espero que no te importe que haya venido con él.

La conversación cedía tediosa e informe, Ernesto no sabía de qué hablaban y a ellos no parecía importarles que él no entendiera nada. Se sentía relativamente cómodo en su papel de testigo aburrido y ausente. Laura, entretanto, giraba su cabeza con insistencia hacia una máquina de música que ocupaba el rincón más oscuro del bar. La máquina era una mentira de gramófono con una pequeña pantalla digital en la parte superior. En ella se podían escoger temas de los años ochenta y noventa a cambio de una moneda de un euro; estaba al lado de la puerta. Ernesto se levantó y, sin ni siquiera hacer el gesto de mirar hacia sus compañeros de mesa, se acercó a la barra y pidió tres whiskys. Mientras el camarero se entretenía preparando los tragos, Laura se levantó para escoger una canción del la curiosa máquina. Cuando la máquina comenzó a sonar, Ernesto la miró con aire extrañado, no imaginaba que a ella le gustara ese tipo de música. Jorge amaneró su gesto como dando a entender que dudaba de si aceptar los tragos o no, pero le duró apenas unos segundos: sonrió y levantó el vaso para brindar... El camarero, que les había estado observando durante el ritual, les ofreció otra ronda a condición de que pusieran canción que le gustaba mucho cuando era joven. Laura dijo que sí, que de acuerdo, soltó una carcajada, cogió a Jorge de la mano y lo sacó a bailar mientras que Ernesto seleccionaba la primera de la lista de canciones del grupo que el camarero había solicitado; una vez escogida la canción, se sentó: observaba la escena con una absurda sonrisa de suficiencia que intentaba disimular su desconcierto. No sabía si sentirse fuera de lugar o en el lugar adecuado. Sus dudas acerca de su papel en la escena aumentaban a medida que el hielo se hacía whisky en su copa... Le pesaba el no saber qué hacer, cómo actuar, y, especialmente, el no saber qué era que lo que pensaba Laura. Eran ya casi las nueve y el camarero anunció el cierre del bar rompiendo la enésima canción, en la que Jorge y Laura se rozaban erguidos y sonrientes, con un duro y ruidoso ajetreo de sillas y mesas que iba acumulando alrededor de la máquina de música. Ernesto aún no había decidido si estaba de más o era parte de todo, así que para controlar su desconcierto decidió invitarles a su casa: pensaba que sería mejor que acabaran la noche en un lugar familiar para él. Además, tenía una botella de Whisky a medio empezar....

Horas más tarde, el vinilo vagaba, ya sin pista que seguir, dibujando un ritmo acompasado con los quejidos de la cama de Ernesto. Los tres, despojados de su piel, reinventaban el amor de libro y altar con el que les habían enseñado a creer; les parecía entonces, que de eso hacía ya algunos siglos… las gotas de sudor, que empapaban el catre, habrían conformado el té que Ernesto tomó, cuando, horas atrás, vio a Laura en el café Ítaca.

La habitación respira whisky y café húmedo y viejo de anoche, la luz comienza a entrar tímida y joven, Ernesto les mira sentado desde la incomodez de la silla del ordenador, y mientras tanto escribe, y realmente no sabe si eso le aliviará; recuerda a Cortázar, le leyó en un relato que los condenados a muerte escriben mucha correspondencia antes de su ejecución. Escribir puede que les ayude a no pensar, a no martirizarse, quizás él está experimentando algo parecido. No sabe, no sabe nada, tampoco sabe si debe darle muchas vueltas, en realidad no sabe si ni siquiera le importa. Ellos, entretanto, duermen. La cama está revuelta, los libros tapan el suelo alrededor de ellos, más difíciles, más desordenados de como los dejó ayer a media mañana. Huele a sexo. Por la ventana se intuyen luces y el agua desfigura lo poco que se puede entender que sucede afuera. Parece que ha amanecido. Ernesto no sabe si ha llovido toda la noche, pero desde luego no acaba de comenzar…