A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

miércoles, mayo 26, 2010

Hoy es un miércoles de mayo. Uno cualquiera.

Como muchos ya sabréis y otros muchos supondréis, estoy seco. No escribo desde hace días, semanas. No escribo nada que no sean correos de trabajo o algún mensaje de texto. Es complicado no escribir cuando precisamente eso es lo que más quiero hacer. No escribo por una indefinible pereza mental que me impide ir más allá de lo tangible; de la conversación hecha letra, de la respuesta al impulso externo. No escribo y no sé el porqué. Se dice que el movimiento se demuestra andando y es tan cierto como que mientras escribo estas rácanas lineas me siento un poco menos seco. Sólo un poco, pero me hace sentir mucho mejor. Como cuando se riega una planta tierna y joven que por alguna razón olvidamos regar por días: la planta absorbe el agua con fruición y se yergue.

Mañana tenemos la tertulia literaria. Ésta tratará sobre el humor. Nosotros los contertulios lo trataremos (al humor) como mejor podamos. Es una suerte haber conocido a gente tan interesante y poder compartir estas citas mensuales. Estos fascículos de literatura y vida que me brindan en cada tertulia.

Os dejo un microrrelato de Monterroso.

La oveja negra.

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Augusto Monterroso

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