A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

domingo, octubre 31, 2010

De azules y sepias, y de amor a primera vista.

Lo encontré negro entre otros de tonos más claros. Era un ejemplar de tamaño medio, no había nada que lo hiciera destacar entre el resto de obras de la estantería del salón de casa de mis padres; nada, excepto su color. Carecía de ribetes, en él sólo resaltaban, aunque de forma tímida, el título y el autor: Las ninfas, Francisco Umbral. Y lo abrí con el impulso del que prueba un helado de un sabor desconocido hasta entonces, pero que se le antoja insinuante. Y busqué el prólogo. La cita del mismo me pareció maravillosamente pretenciosa: "Hay que ser sublime sin interrupción, Baudelaire".

Leí el prólogo y cerré el libro aterrado,
¿Era posible que fuera tan brillante? Luego volví a leer las dos primeras páginas del mismo: pensé en el blog, pensé en lo intraducible que es Umbral, pensé en la lengua española, pensé en mí, escribiendo, y pensé en la cita, que ya no era más que maravillosa, sin pretensión, sin vanaglorio.

Es libro se vino a
Helsinki sin volver a ser abierto; como el que cree que puede besar a la más bella pero prefiere soñar con el beso antes que asumir el riesgo de comprobar si es cierto. Y ahí ha estado hasta que me atreví a abrirlo de nuevo. Ahora, puedo decir que se puede admirar un libro sin haberlo leído, que se puede amar lo desconocido, y también ahora, puedo decir que el amor a primera vista no es siempre una confusión por desconocimiento, por falta de información, sino que, a veces, es la señal más íntima de que las cosas que te cautivan de forma simple, también pueden ser bellas una vez te sumerges en su complejidad.

Fragmento del prólogo de "Las ninfas" (Francisco Umbral):

"(LA habitación era cuadrada, o rectangular, u oblonga, o quizás fuese
oblongamente rectangular, oblongamente cuadrada, rectangularmente ovalada, elípticamente cuadrada, no sé, quién sabe. La habitación, quizás, era cada día de una forma. Cada tarde, cada noche, cuando la lluvia azul de sus paredes descendía como un lento desangramiento atardecido, como una humedad del tiempo más que del aire, como un llanto de las cenefas o una respiración de los espejos.
La habitación tenía una atmósfera azul, en todo caso, pero bien sabíamos que el revés de aquel azul era un sepia, un sepia quemado, un sepia de recuerdo, magnesio y olvido. Digamos que la voluntad de la habitación era azul, que la habitación tenía una voluntad de azul, o una voluntad azul, más
sencillamente, pero de vez en cuando quedaba traicionada por el sepia, le salían del fondo de los armarios y de los cajones, y de debajo de las mesas y de las alfombras, y por detrás de los espejos y de los cuadros y de las fotografías, unos rebordes sepia, unas cenefas, unos zócalos tristes...)"

viernes, octubre 01, 2010

Odas repentinas

Alguien me ha dicho, medio en broma, que a ver si me atrevía con una oda a Extremoduro.
Ahí va:

Oda a Extremoduro

De tardes muertas está hecho tu recuerdo,

de una virginidad despreciada,

de tu guitarra dura y extremeña,

del odio a lo que amas,

de versos de Machado.

Rocosa voz, heroína en vida.

No hay rock sin Extremoduro en España.

Himnos de los descreídos,

del que se arrastra en las urbes,

del que no mira adelante, detrás ya no hay nada.

Himnos de mis veintitantos,

corazón de la castilla más andaluza,

corazón de desprecio y dioses muertos.

Guitarra rocosa,

voz de resaca, tierra cansada:

No hay rock sin Extremoduro en España.