A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

viernes, abril 15, 2011

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Un hombre extremadamente discreto entró en el café. Había cerrado la puerta con un sigilo inusual y se disponía a tomar asiento en una de las mesas de madera que vestían la esquina interior del local. Dejó la chaqueta en el perchero y, sin ni siquiera levantar la cabeza hacia el resto de la clientela, cogió el respaldo de la silla para sentarse en ella...

Yo, que observaba la escena con atención, sonreí, sin dejar de mirar al nuevo cliente, cuando el camarero me trajo la taza de té con la cuenta encajada entre el plato y su bandeja. Una canción que desconocía comenzó a sonar en el café.

No sabía de qué canción se trataba pero su melodía me llenó de placer; aún no había probado el té pero su cálido aroma perfumaba mis minutos; del sigiloso señor no supe nada (y no habría de saber nada) pero captó mi interés como el más impactante de los paisajes.

Recuerdo que afuera llovía a cantaros.

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