A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

lunes, junio 13, 2011

SPANISH HARTAZGO (Artículo escrito para el boletín del club español de Finlandia)

La primera acepción que hayamos para hartazgo en el diccionario de la Real Academia Española es: “Acción y efecto de hartar”. Luego, si buscamos hartar, en la cuarta acepción, encontraremos: “Dar, suministrar a alguien con demasiada abundancia”, seguido de un esclarecedor: “Hartarlo de palos, de desvergüenzas”. Ahí hay que reconocer que el diccionario (ergo: sus señorías escribanas) da en el clavo. Hartazgo de palos y desvergüenzas. Si es que, oiga usted, había que ser español para poner ese ejemplo. Sin soltar el diccionario me lanzo a buscar la definición de “democracia”. Y me encuentro con un amplio (por ambiguo): “Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno”; y con un segundo: “Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado”. ¡Ostras! Ahora lo entiendo todo. Nuestros políticos (muy letrados ellos) se han tomado al pie de la letra la primera acepción y han decidido declararse favorables (gracias, gracias, gracias) a que el pueblo intervenga. Pero eso sí, una vez haya votado, que no moleste mucho en las importantísimas labores de Estado. La segunda, imagino, la deben haber entendido como, que bueno… eso del predominio del pueblo debe ser poco compatible con sus privilegios personales; así que ellos nos dan los nombres, nosotros votamos, y luego les dejamos hacer de su capa un sayo.

En la Europa actual si un individuo o un grupo de personas se siente agraviado, tiene (o debería tener) organismos a los que acudir para resolver su problema. Sin embargo, en España ese grupo de ciudadanos ya no es tan reducido: está formado por parte de los más de cuatro millones de parados; por muchísimos de los graduados universitarios con sueldos vergonzantes; y por muchos miles de desencantados con los partidos políticos. Por lo tanto, me parece observar que el problema ya no es local, ni reducido, ni afecta a un grupo social concreto, ni lo pueden solucionar los actuales mecanismos que el Estado pone a nuestra disposición. El problema es de base, de concepto, es tremendamente amplio. Y entonces, el sistema es el que quizás tenga que ser objeto de discusión.

El día quince de mayo un grupo de personas decidieron acampar en la Puerta del Sol de Madrid en señal de protesta por la situación política y económica española. Una protesta sin programa (en su origen; ahora sí que hay programa), un movimiento sin partido que lo sustentara, una gota que resbaló por el cuerpo de un vaso demasiado lleno (demasiado harto). Se trataba del germen de una protesta ciudadana espontánea que ha llegado hasta ahora, principios de junio, y ha ido consolidándose como un movimiento pacífico, asambleario y, lo que lo convierte en algo muy especial: transversal. De hecho, el manifiesto de su web oficial contiene en el encabezamiento el siguiente texto: “Unos nos consideramos más progresistas, otros más conservadores. Unos creyentes, otros no. Unos tenemos ideologías bien definidas, otros nos consideramos apolíticos… Pero todos estamos preocupados e indignados por el panorama político, económico y social que vemos a nuestro alrededor. Por la corrupción de los políticos, empresarios, banqueros… Por la indefensión del ciudadano de a pie.” El movimiento, más allá de interpretaciones partidistas de algunas plumas de nuestro país y de algún debate de barra de bar, intenta cambiar lo que funciona descaradamente mal del sistema democrático. No está en contra de la democracia, está por una nueva democracia. Éste tuvo reproducciones (cual terremoto democrático) en más de cincuenta ciudades españolas y un sinfín de ciudades de todo el mundo. Incluido nuestro querido Helsinki.

Cabe destacar que la oleada de indignación y protestas que vive España, y que tiene como núcleo la Puerta del Sol de Madrid, ha encontrado un fuerte y entusiasta a poyo por parte de personalidades de la cultura como José Luis Sampedro, Manuel Castells, Edurardo Galeano, Jean Plantureux, José María García, Eduard Punset, etc. Éstos han celebrado el golpe sobre la mesa que muchos ciudadanos han dado para abandonar el conformismo y pedir su participación activa en la búsqueda de la solución a los problemas. Veremos qué sucede.