A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

martes, abril 03, 2012

Al salir a la calle dio un portazo que hizo temblar el escaparate de la tienda de lencería. Corrió hasta la panadería a comprar los mejores bollos calientes y luego, de paso por el supermercado, compró un paquete de café y zumo de naranja. 
Al llegar al portal se sentía exultante; su hijo estaba en casa esperando para desayunar con él. Hacía años que no lo veía y le había hecho esta visita por sorpresa. Subió las escaleras de dos en dos y a entrar en casa se dejó llevar por la euforia y soltó un "el desayuno está listo" con voz alta, enérgica, feliz. 
Entró en el salón y no vio a Tomás; fue a mirar al baño y no había nadie. Tomás se había ido mientras él corría feliz a comprar el desayuno. Se sentó en la silla en la que su hijo debía haberle esperado, miró la bolsa de la compra, miró hacia el edificio de enfrente a través de la ventana, pensó en lo bellas que eran las mañanas de primavera, se percató de que no se había quitado la chaqueta, volvió a mirar hacia el recibidor y, de nuevo, vio la bolsa con las compras, y rompió a llorar.