A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

lunes, diciembre 10, 2012

Una historia cualquiera

El niño que pasaba horas leyendo libros sobre insectos e inventando artilugios inservibles se llamaba Daniel. Su flequillo acuarelado en rubio oscuro hacía también las veces de flequillo de los libros que leía; que eran más grandes que él, igual que más grande que él era su cazadora de piel vuelta marrón, que había heredado de su abuelo. Daniel no medía más de un metro sesenta, aunque ya tenía doce años.
Sus bolsillos estaban llenos de inconfesables secretos, de papeles, de dudas y de piedrecillas que habían caído ahí por casualidad. En su cabeza había vivido viajes al caribe, noches de copas con amigos, días de lucha en París, novias primerizas y mujeres que sólo querían amor de una noche, la muerte de dictadores e historias de dos que rozaban el alma al ritmo de una anáfora.
Daniel escuchaba en casa la música que sus padres ponían en el viejo radiocasete de la cocina: escuchaba a Dylan, escuchaba a Serrat, a Sabina, a Aute, a Krahe.

Lo que la música le enseñó de la vida es que ésta es mucho más bella cuando la puedes escribir, cuando la puedes cantar, cuando puedes usar la retórica para enfundar la crudeza de la misma con la belleza de las palabras. Aquellos cantautores le enseñaron a amar las palabras y su conjunción más sublime: la literatura.

Ese Daniel podría ser cualquier niño. Incluso podría haber sido yo.

4 comentarios:

Pablo Iglesias Rionda dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Pablo Iglesias Rionda dijo...

Tambien podría haber sido yo...

HèliaRocha dijo...

Beautiful...

BRUXINA dijo...

seguro que fuiste tu... ;)