A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

jueves, diciembre 12, 2013

otro fragmento

VI
Noviembre de 1983

Álvaro está sentado en una esquina de la habitación. Un disco continúa girando ya pasado de pista. El disco es de una banda de rock norteamericana que está haciendo historia; pero eso es algo que Álvaro no sabe. Sólo sabe que lleva horas esperando a que sus padres salgan del baño; y que ellos no salen.
No tiene miedo. No sabe si tiene miedo, pero se siente extraño.
Se incorpora y se sorprende de llevar aún la ropa del entrenamiento de fútbol puesta, tiene las medias manchadas de barro; mira el reloj, son más de las diez de la noche; se acerca al baño. La puerta está cerrada con pestillo. Golpea la puerta. Oye un movimiento dentro del baño. Eso le tranquiliza, pero sólo por unos segundos, porque se vuelve a preguntar si eso significa que están bien. Sabe que siempre le han dicho que no debe abrir la puerta del baño cuando ellos estén dentro. Se acerca a la mesa del salón y se sienta en una silla apoyando su cabeza de lado en el hule que a cubre. Sólo le queda esperar.
Esa noche acabará en el hospital con sus padres y una señora desconocida se lo llevará a una sala en la que lo bombardeará con preguntas sobre su vida. Pero eso es algo que Álvaro desconoce. Y no sabe que lo que va hacer en ese momento será, de alguna forma, el detonante de esa entrevista.
Sale de casa dejando la puerta abierta y, en el mismo rellano, llama a la puerta de al lado. La vecina abre la puerta. Un olor a refrito invade el descansillo; la señora parece tener prisa o estar muy ocupada, pero se muestra amable y le pregunta que qué quiere. Luego todo pasa muy rápido: la vecina y su marido intentando abrir la puerta del baño, el marido llamando a la policía, el marido rompiendo la puerta antes de que la policía llegue, Álvaro en silencio mirando desde el marco de la puerta del baño, su madre sentada en la taza levantando la cabeza, su padre sentado en el suelo con una jeringuilla colgando de su brazo, la vecina gritando cosas ininteligibles, Álvaro en silencio mirando como su madre le mira sin poder decir nada, el padre dormido con la cabeza ladeada, Álvaro dudando de si acercarse a ellos o no, un policía llamando a una ambulancia, Álvaro en el hospital sin entender nada y con una señora que le pregunta acerca de sus padres, que le asedia a preguntas acerca de sus vidas.

Le interrogan con un cariño aterrador en una habitación muy iluminada, de paredes blancas y en la que cuelga un solo cuadro, un cuadro de un señor desconocido. 

lunes, diciembre 09, 2013

fragmento de algo que hago con cierta ambición

Una camisa descansa sobre la tabla de planchar. La plancha está sobre la mesa de la cocina tal y como su madre la deja siempre que termina de planchar la ropa. Ve una caja de magdalenas y una taza de café; la taza del café que su madre tomó esta misma mañana. Corre una brisa que se cuela por la casa y se oye como unos niños gritan mientras juegan con un perro, que ladra igual de excitado que ellos. Rodrigo rompe a llorar.
El silencio de su vientre contrasta con la bulliciosidad de la vida. Y piensa que así se va la vida de los seres queridos, entre la exultante vitalidad de los desconocidos. La congoja es una mota de polvo en la vida. El resto son niños, perros, vecinos que ven la televisión a todo volumen, el motor del coche de alguien que va a llevar a sus hijos a entrenar con su equipo de fútbol. Su madre le llama y él se incorpora y entra en la habitación en la que su padre está presenciando la partida de esa mujer con la que el amor comenzó con un helado de chocolate al salir de ver una reposición Camús en la filmoteca. Esa mujer que disimulaba su acento gallego con torpeza y cuyos pechos marcaban el principio de sus sueños. Esa mujer que le sonrió mirándole a los ojos mientras que el resto de su cuerpo miraba hacia el suelo. Ahí está él mirando como su padre sostiene la mano moribunda de su madre y mordiéndose el labio inferior como hacía de pequeño cuando algo le contrariaba. Su madre, Adela, le pide de nuevo que se acerque a ella. Ella le mira con la ternura del amor más rotundo de la tierra. Mira a Rodrigo, mientras su marido –aún a su lado- se pudre de dolor, y mira a Rodrigo para implorarle dos cosas: que cuide de su padre y que vaya a Mura a visitar a su tía Manuela para darle las gracias de parte de ella.
˗ ¿Lo harás hijo mío?˗ le mira con los ojos llorosos y felices de ver a Rodrigo tan apuesto incluso en el dolor.
˗ Por supuesto que lo haré, Mamá. Por supuesto.

El perro vuelve a ladrar pero los niños se oyen ya de lejos como si se hubieran cansado de su incesante juego de pillar con el animal. Se les oye correr alejándose. Adela cierra los ojos y se aleja sin correr. Pero se aleja para siempre.