A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

lunes, diciembre 09, 2013

fragmento de algo que hago con cierta ambición

Una camisa descansa sobre la tabla de planchar. La plancha está sobre la mesa de la cocina tal y como su madre la deja siempre que termina de planchar la ropa. Ve una caja de magdalenas y una taza de café; la taza del café que su madre tomó esta misma mañana. Corre una brisa que se cuela por la casa y se oye como unos niños gritan mientras juegan con un perro, que ladra igual de excitado que ellos. Rodrigo rompe a llorar.
El silencio de su vientre contrasta con la bulliciosidad de la vida. Y piensa que así se va la vida de los seres queridos, entre la exultante vitalidad de los desconocidos. La congoja es una mota de polvo en la vida. El resto son niños, perros, vecinos que ven la televisión a todo volumen, el motor del coche de alguien que va a llevar a sus hijos a entrenar con su equipo de fútbol. Su madre le llama y él se incorpora y entra en la habitación en la que su padre está presenciando la partida de esa mujer con la que el amor comenzó con un helado de chocolate al salir de ver una reposición Camús en la filmoteca. Esa mujer que disimulaba su acento gallego con torpeza y cuyos pechos marcaban el principio de sus sueños. Esa mujer que le sonrió mirándole a los ojos mientras que el resto de su cuerpo miraba hacia el suelo. Ahí está él mirando como su padre sostiene la mano moribunda de su madre y mordiéndose el labio inferior como hacía de pequeño cuando algo le contrariaba. Su madre, Adela, le pide de nuevo que se acerque a ella. Ella le mira con la ternura del amor más rotundo de la tierra. Mira a Rodrigo, mientras su marido –aún a su lado- se pudre de dolor, y mira a Rodrigo para implorarle dos cosas: que cuide de su padre y que vaya a Mura a visitar a su tía Manuela para darle las gracias de parte de ella.
˗ ¿Lo harás hijo mío?˗ le mira con los ojos llorosos y felices de ver a Rodrigo tan apuesto incluso en el dolor.
˗ Por supuesto que lo haré, Mamá. Por supuesto.

El perro vuelve a ladrar pero los niños se oyen ya de lejos como si se hubieran cansado de su incesante juego de pillar con el animal. Se les oye correr alejándose. Adela cierra los ojos y se aleja sin correr. Pero se aleja para siempre.

No hay comentarios: