A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

jueves, diciembre 11, 2014

Cosas. Fragmentos.

Estamos protegidos por las cálidas sombras del atardecer. El cabello de Marta es negro y está encrespado, pluma de mirlo rabioso; sus labios son la ruptura del silencio hecha silencio, la noche hecha noche. Mi piel llora. Sus ojos tiemblan húmedos de frío. El viento florece despacio y cientos de zorzales inquietos rompen el silencio.

Me atrevo (mareado, perdido: desbocado) a avanzar un paso hasta el lindero de nuestros alientos, y nos besamos. El beso no sabe a nada y los labios se me llenan de cenizas que amargan mi gesto. 

Intento coger su brazo y ella se aparta con brusquedad; encendida en miedo. La mirada de Marta ya no es mirada; y ya no es suya.

Luz líquida apremiante. Desenfocada.

lunes, noviembre 24, 2014

Poema leído en varios lugares. Se ha puesto viejo de ser usado.

La siesta se ha puesto rubia y el sol dorándola está
con su aliento ha dorado, las espigas del maizal…
Niño Rupha (Jorge Cafrune)


Ya duermen los grillos que anoche lo ocupaban todo;
llanto iluminado.
Como ese segundero que custodia mis sueños hasta la vigilia
en la que arrullo
en un lento despertar que limpia el telar de mis ojos.
Advierto esa red verde romero que nos protegió de los mosquitos
y su ventana
y nuestras sábanas fundidas con tu piel
y ese rayo de día que ya amenaza con romperlo todo.

Ahora ya cantan los gorriones y las lavanderas,
desayunamos mirando hacia donde intuimos que el mar nos espera,
y una larga sombra protege su café y nuestro pan, una sombra
que nos cobija también a nosotros, inquietos, por el deambular de las avispas.
¿Recuerdas cuando en las mañanas nos despertaba el gorgoteo del café al subir?
Tú suspiras.
A los lejos, en la Atalaya, una perdiz presume su cacareo.
¿Recuerdas aquellos días,
antes de que la casa se quedara sin ellos
y de que nuestras juventudes huyeran a esa irreconciliable Barcelona?
Ahora sólo nos queda la ternura construida entre estas paredes
y noches ahogadas en recuerdos de lo que ya no existe,
ni volverá jamás.

El encinar sestea mecido por la brisa;
duele, perseverante y altivo, un imponente sol,
arden los bancos de la plaza del Carmen;
que están solos, y herrumbrosos, y hartos:
de tantas ausencias, de tantos recuerdos.

Sant Jaume cae en siesta blanca. 

domingo, octubre 05, 2014

¿NOVIEMBRES FELICES?

(texto desenterrado de una carpeta de una memoria externa. Un texto que se publicó en un boletín club español, que debió ser leído por casi nadie)

El mes de noviembre es oscuro y despiadado; y, Helsinki, se vacía de su luz como una presa derruida que llora sus aguas, como el caer al suelo de un vestido de lino sin tirantes, ligero, fluido, sin remisión. Pero a pesar de esta ausencia, la ciudad queda. Queda confundida por la persistencia de sus sombras, sumida en un movimiento más lento, más perezoso, pero continúa ahí, esperando, como la última de las luciérnagas.
Cuando el otoño es absoluto, cuando él mismo no duda de su propia identidad porque ésta es ya un asunto innegociable, cuando ha dejado atrás la belleza de la caída de los vestidos del octubre y sólo nos queda el recuerdo del caleidoscopio que fueron los bosques y los parques,  es cuando más siento que vengo de otro lugar. Pero al rato (que si hay algo que sobra en noviembre, es el tiempo), una vez mis impulsos sentimentales se debilitan y pierden la batalla contra la perspectiva, más elaborada y lúcida, del intelecto, entiendo que también pertenezco a este sitio. Y este sitio es Espoo, es Helsinki, es Finlandia, es Leppävaara. Por supuesto, también pertenezco a otros lugares: al barrio en el que crecí, a las ciudades en las que he vivido, a mi país de origen, a mis gentes (porque las gentes son una componente de los lugares: forman parte del paisaje), pero eso es pasado, o futuro, o una pertenencia bella y abstracta como el sentido de las canciones, cuyo cuerpo pertenece a los imaginarios personales.
El ocaso del otoño es para mí una ojera en el calendario, un reposo en la carrera de los años, un descanso dominical antes de la Navidad (esa que paso a caballo entre España y Finlandia), un lento transcurrir por un pasillo sin bombillas; y lo único seguro es que, mejor o peor, lo pasamos de largo, pero no cuando el propio mes lo decide, sino cuando la ciudad enciende sus calles con luces navideñas…

Y entonces llegan los “pikkujoulut” y la “ensilumi”, y entonces nos disfrazamos de fineses, porque nos gusta disfrazarnos de festejadores optimistas: en eso sí que estamos de acuerdo los españoles. Y disfrutamos, con los finlandeses de cuna, del blanco preludio de las Pascuas y de las fiestas de empresa; y nos reímos con ellos, y gozamos con ellos, y brindamos con ellos, porque ahora, ellos también somos nosotros, y su “marraskuu” también lo sentimos como nuestro cuarto sin luces; y su vida, en este lugar que está en el Norte de los nortes de nuestra querida península, es también nuestra vida. 

domingo, marzo 16, 2014

escribiendo en la mañana de este domingo de takatalvi

Ya duermen los grillos que anoche lo ocupaban todo,
llanto iluminado.
Como ese segundero que custodia mis sueños hasta la vigilia
en la que arrullo
en un lento despertar que limpia el telar de mis ojos.
Advierto esa red verde romero que nos protegió de los mosquitos
y su ventana
y nuestras sábanas fundidas con tu piel
y ese rayo de día que ya amenaza con romperlo todo.

viernes, febrero 14, 2014

¿Cuento en camino?



No me creía lo que estaba pasando. No quería creérmelo.
El canto de los mirlos rompió el angustioso quejo de las grajillas. Recuerdo que llovían insectos; parecían salir al resguardo de las sombras del atardecer. Nosotros seguíamos de pie, inmóviles, mirándonos, en el centro del quiosco del Jardín Botánico. Los ojos de Marta estaban húmedos y vibraban en un crepitar silenciado por la brisa que se había levantado. Yo estaba aterrado.
Los aspersores se pusieron en marcha dispersos por las manchas de césped, y al levantar la cabeza vi que alzaban sus chorros hacia un sol que cedía, ya cansado, sobre el perfil de los olmos que marcaban el final del parque.
˗ Sí, Eduardo. Hablo totalmente en serio – dijo con la mirada baja.
Decidí acercarme a ella e intentar besarla.
Y nos besamos de nuevo. Pero el beso me supo a cenizas y Marta se apartó bruscamente, y me miró en silencio hasta que yo intenté coger su brazo para acercarla a mí –no podía más; no soportaba lo que estaba pasando-, pero ella dio un paso atrás.