A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

viernes, febrero 14, 2014

¿Cuento en camino?



No me creía lo que estaba pasando. No quería creérmelo.
El canto de los mirlos rompió el angustioso quejo de las grajillas. Recuerdo que llovían insectos; parecían salir al resguardo de las sombras del atardecer. Nosotros seguíamos de pie, inmóviles, mirándonos, en el centro del quiosco del Jardín Botánico. Los ojos de Marta estaban húmedos y vibraban en un crepitar silenciado por la brisa que se había levantado. Yo estaba aterrado.
Los aspersores se pusieron en marcha dispersos por las manchas de césped, y al levantar la cabeza vi que alzaban sus chorros hacia un sol que cedía, ya cansado, sobre el perfil de los olmos que marcaban el final del parque.
˗ Sí, Eduardo. Hablo totalmente en serio – dijo con la mirada baja.
Decidí acercarme a ella e intentar besarla.
Y nos besamos de nuevo. Pero el beso me supo a cenizas y Marta se apartó bruscamente, y me miró en silencio hasta que yo intenté coger su brazo para acercarla a mí –no podía más; no soportaba lo que estaba pasando-, pero ella dio un paso atrás.