A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

domingo, octubre 05, 2014

¿NOVIEMBRES FELICES?

(texto desenterrado de una carpeta de una memoria externa. Un texto que se publicó en un boletín club español, que debió ser leído por casi nadie)

El mes de noviembre es oscuro y despiadado; y, Helsinki, se vacía de su luz como una presa derruida que llora sus aguas, como el caer al suelo de un vestido de lino sin tirantes, ligero, fluido, sin remisión. Pero a pesar de esta ausencia, la ciudad queda. Queda confundida por la persistencia de sus sombras, sumida en un movimiento más lento, más perezoso, pero continúa ahí, esperando, como la última de las luciérnagas.
Cuando el otoño es absoluto, cuando él mismo no duda de su propia identidad porque ésta es ya un asunto innegociable, cuando ha dejado atrás la belleza de la caída de los vestidos del octubre y sólo nos queda el recuerdo del caleidoscopio que fueron los bosques y los parques,  es cuando más siento que vengo de otro lugar. Pero al rato (que si hay algo que sobra en noviembre, es el tiempo), una vez mis impulsos sentimentales se debilitan y pierden la batalla contra la perspectiva, más elaborada y lúcida, del intelecto, entiendo que también pertenezco a este sitio. Y este sitio es Espoo, es Helsinki, es Finlandia, es Leppävaara. Por supuesto, también pertenezco a otros lugares: al barrio en el que crecí, a las ciudades en las que he vivido, a mi país de origen, a mis gentes (porque las gentes son una componente de los lugares: forman parte del paisaje), pero eso es pasado, o futuro, o una pertenencia bella y abstracta como el sentido de las canciones, cuyo cuerpo pertenece a los imaginarios personales.
El ocaso del otoño es para mí una ojera en el calendario, un reposo en la carrera de los años, un descanso dominical antes de la Navidad (esa que paso a caballo entre España y Finlandia), un lento transcurrir por un pasillo sin bombillas; y lo único seguro es que, mejor o peor, lo pasamos de largo, pero no cuando el propio mes lo decide, sino cuando la ciudad enciende sus calles con luces navideñas…

Y entonces llegan los “pikkujoulut” y la “ensilumi”, y entonces nos disfrazamos de fineses, porque nos gusta disfrazarnos de festejadores optimistas: en eso sí que estamos de acuerdo los españoles. Y disfrutamos, con los finlandeses de cuna, del blanco preludio de las Pascuas y de las fiestas de empresa; y nos reímos con ellos, y gozamos con ellos, y brindamos con ellos, porque ahora, ellos también somos nosotros, y su “marraskuu” también lo sentimos como nuestro cuarto sin luces; y su vida, en este lugar que está en el Norte de los nortes de nuestra querida península, es también nuestra vida.