A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

domingo, mayo 31, 2015

Un e-mail que estaba en mi carpeta "borradores" que nunca llegué a enviar, que respondía a una joya del Co. Fecha de 2006.


Cuando ladraban los perros del amanecer para reivindicar que el sol salía por ellos, nosotros volvíamos de cualquier lugar habiendo pasado por todos los bares; sonreíamos y sentíamos que nuestras vidas iban a ninguna parte, pero sonreíamos.
El terco reloj no paraba nunca, pero nosotros desafiábamos al tiempo y destrozábamos los viernes por la mañana: los ninguneábamos. Cada noche, en esa maldita esquina, bendecimos la noche y regalamos nuestra alma a cualquiera; por un ron, por una charla, por una canción compartida.
Dios… ¡Que me traigan un Brugal con cola!
Alcohol y Rock and Roll, conceptos alrededor de los cuales se redactó, el nunca escrito, ideario nocturno de la comunidad del jueves. El maginario de las noches en las que nunca nos faltamos los unos a los otros.
Me voy a sobar, es jueves, nos debemos una más: la deuda eterna.



martes, mayo 26, 2015

Viñetas de los Gambarte

El gran Óscar Gambarte (Sumus) lo plasmó muy bien.


lunes, mayo 25, 2015

el encargo

María Victoria rascó su tobillo mientras se miraba en el espejo de la entrada del piso de la señora Valls. La lámpara estaba ataviada con cristales tallados como suntuosos diamantes; al alzar la vista le pareció ésta iba a caer sobre su cabeza en cualquier momento, volvió a mirar el espejo y se vio reflejada en él. Se vio mayor. Muy mayor.

Ya en la entrada del metro, al lado de los tornos, se veía comprando un billete con las monedas que la señora le había prestado para poder volver a casa. Se vio sola y con un rizo de pelo cayendo sobre su mejilla.

Volvió a girar su cabeza para seleccionar el tipo de billete, y al volver a mirar a la cristalera de la taquilla, vio a ese hombre recorrer su silueta con la mirada. Él estaba detrás. Justo detrás de ella. Una mano subió por su costado y se paró para empujar, solícita, y que María Victoria se girara. Al hacerlo el extraño la besó, ella le besó; él era más alto que ella y eso hizo que su cuerpo se estirara hacia arriba, como se estiró su piel por el beso. Su piel debajo de su camiseta, su piel, toda, por encima de sus rodillas. Luego hubo un silencio. Él sonrió. El viaje en metro y el urgente encargo de la señora Valls podían esperar.

viernes, mayo 22, 2015

ELOGIO DEL FÚTBOL DE BARRIO (escrito gracias a un brillante comentario del amigo Pepe)

Las calles de Lavapiés han cambiado mucho desde los años setenta. Entonces jugábamos a fútbol en el medio de la calle, montando las porterías en la calzada. Yo siempre fui el que se ponía de portero.
Cuando venía un coche había que desmontar el campo de fútbol lo antes posible para dejarlo pasar. Al cabo de unos años nos habilitaron una pista de fútbol sala a dos calles de la nuestra, y eso me ayudó (hablo de mí porque el resto de los chicos ya jugaban en equipos, con equipaciones y porterías de verdad) a que entendiera que una portería nos sólo había que cubrirla de palo a palo, sino que había que tener en cuenta el larguero. Recuerdo muy bien el caluroso verano del ochenta y seis: pasábamos los días jugando al fútbol en la cancha nueva del barrio y las noches soñando con ser Lineker o Maradona, mientras veíamos la Copa del mundo que se estaba celebrando en México. Entonces ya había logrado ser uno de ellos, ya era su portero. Algo a lo que llegué obligado por mi falta de destreza con el balón, pero tengo que reconocer que me sentía cómodo. Me había ganado un lugar en mi grupo de amigos y eso me hacía sentir alguien, aunque ese alguien fuera el portero más bien malo que sólo sabía hacer estiradas hacia la izquierda, el único de ambos lados hacia el que me tiraba con prestancia y seguridad.

Durante los intensos y poliédricos años de instituto y universidad me acerqué y me alejé del fútbol, como sucede con las cosas que están en todas partes, de las que no puedes o no quieres escapar del todo. Jugué en algunos torneos del instituto, alguna liga nocturna, ligas de la universidad y siempre fui el guardameta.
En mi último año de carrera conocí a Laura. Eso (obviedad que ahora se me antoja insolente, cuando escribo desde mi casita en Espoo, mientras que afuera la nieve brilla respondiendo al sol de marzo) cambió mi vida en muchas cosas. Al cabo de varios años de noviazgo en Madrid decidimos mudarnos a vivir juntos a Finlandia. Una vez en Helsinki tuve que cambiar algunas cosas de mi vida, y una de ellas (curiosa en alguien que acababa de cumplir los treinta años) es que volví a jugar al fútbol.
Me sentía en muy buena forma, jugaba varias veces a la semana y lo disfrutaba mucho. Hice amigos que me llamaban para jugar y, al cabo de un año jugando asiduamente con ellos, me propusieron que me uniera, como portero, a un equipo que militaba en la quinta división finlandesa. Para mí fue un honor ser el portero de un equipo de fútbol de verdad: un equipo para el que me habían propuesto, habiendo presumiblemente otras alternativas disponibles.
Jugamos, qué sé yo, cinco o seis años, todos en la quinta división finlandesa. Un año tuvimos la suerte de juntar un equipo de buen nivel y ganar la liga, de forma que tuvimos que jugar unas eliminatorias de ascenso a cuarta división. La primera eliminatoria era la semifinal y ganamos el partido con relativa facilidad. No hacía demasiado frío y, además, el encuentro terminó con un golpe de suerte, porque fui capaz de atajar un penalti señalado en nuestra contra, un penalti que el delantero del equipo contrario tiró hacia mi izquierda.
Nos tocó jugar la final un sábado de mediados de octubre que amaneció marrón y húmedo, pero era un gran día y yo le dije a mi esposa Laura que llevara la cámara, que hiciera fotos, porque quería tener un recuerdo del día en el que nos jugábamos el primer torneo de fútbol que tenía la oportunidad de ganar en mi vida.
A la hora del partido chispeaba y, al salir al terreno de juego, nos impresionó ver que teníamos linieres y que los jugadores del otro equipo eran más jóvenes y más altos. Mucho más altos y fuertes.
El partido fue muy igualado y no tuve apenas trabajo gracias a que nuestro equipo jugó muy echado atrás y eso hacía que los chavales del equipo contrario no llegarán con claridad ni espacios. Pero en el minuto ochenta el árbitro pitó un penalti en contra nuestra, que, por otra parte, había sido claro. Todos me miraron con la esperanza de que repitiera lo que había hecho hacía apenas tres días y que parara el penalti para salvarnos de la derrota.

Laura tenía la cámara fotográfica lista, el jugador rival estaba listo, yo estaba a un metro de la línea de gol pensando hacia dónde carajo iba a tirar el penalti aquel jodido número cinco del equipo contrario. El árbitro me indicó que me pusiera sobre la línea, que había que tirar el penalti. Nunca, jamás, había sido capaz de tirarme hacia el lado derecho con buena técnica y aquella era mi gran oportunidad. Había una cámara que se fijaba sólo en mí, todo el mundo me miraba y la ocasión era mi partido más grande. El único momento futbolísticamente grande de mi vida. Me situé sobre la línea de meta y ni miré al lanzador. Cuando el árbitro pitó, yo arqueé ligeramente las piernas amagué hacia la izquierda y me lancé en un espectacular vuelo hacia el lado derecho. En el aire vi como el jugador rival chutaba suave, fácil, hacia el lado contrario, pero yo estiré los brazos como si la bola estuviera a punto de ser despejada por mis dedos apremiantes, alcé la barbilla y miré al cielo. Fue gol y mi costado golpeó la línea de cal de la portería, el barro me salpicó en las mejillas, que sonreían, mientras mis brazos aún permanecían estirados, señalando el camino de mi gloria.

lunes, mayo 04, 2015

hoy cuento un cuento de otro

EL SALTO CUALITATIVO
─ ¿No habrá una especie aparte de la humana ─dijo ella enfurecida arrojando el periódico al bote de la basura─ a la cual poder pasarse?
─ ¿Y por qué no a la humana? ─dijo él.


Augusto Monterroso