A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

lunes, mayo 25, 2015

el encargo

María Victoria rascó su tobillo mientras se miraba en el espejo de la entrada del piso de la señora Valls. La lámpara estaba ataviada con cristales tallados como suntuosos diamantes; al alzar la vista le pareció ésta iba a caer sobre su cabeza en cualquier momento, volvió a mirar el espejo y se vio reflejada en él. Se vio mayor. Muy mayor.

Ya en la entrada del metro, al lado de los tornos, se veía comprando un billete con las monedas que la señora le había prestado para poder volver a casa. Se vio sola y con un rizo de pelo cayendo sobre su mejilla.

Volvió a girar su cabeza para seleccionar el tipo de billete, y al volver a mirar a la cristalera de la taquilla, vio a ese hombre recorrer su silueta con la mirada. Él estaba detrás. Justo detrás de ella. Una mano subió por su costado y se paró para empujar, solícita, y que María Victoria se girara. Al hacerlo el extraño la besó, ella le besó; él era más alto que ella y eso hizo que su cuerpo se estirara hacia arriba, como se estiró su piel por el beso. Su piel debajo de su camiseta, su piel, toda, por encima de sus rodillas. Luego hubo un silencio. Él sonrió. El viaje en metro y el urgente encargo de la señora Valls podían esperar.

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