A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

miércoles, septiembre 09, 2015

España, Cataluña y la búsqueda del traidor

Hoy escribo con una antigua certeza: en España hay un número (una minoría con cierta significación, pero minoría) de ciudadanos que vive ligado a ese rancio abolengo de lo patrio y la traición periférica. De la eucaristía de los símbolos y de la búsqueda continua de ese malo de la película, ése que dice una cosa pero que quizás piensa otra bien diferente, y es, en su fuero interno, un Caín en potencia, un Judas o un Robert Ford de la vida.

Un francés, un catalán, un anti español.

Hoy en el fútbol algunos silvan a Gerard Piqué y ayer cuestionaban continuamente a Xavi y a Puyol acerca de su compromiso o de su españolidad, sea lo que sea esa cosa de la españolidad. Hace años también le tocó a Guardiola, igual que a tantos otros les ha ocurrido. Y eso no ayuda a nadie, no les ayuda a ellos a sentirse cómodos del todo como españoles ni ayuda a los que tengan dudas, los que tengan sentimientos encontrados y vean ese cuestionamiento continuo a los deportistas catalanes como un signo de hostilidad.

Sucede que yo, que vengo de una sociedad en la que el nacionalismo está tan bien diseñado que los que alzan las banderas día tras día, sin descanso, son ciudadanos ejemplares, y donde se ha categorizado a las dos lenguas como "lengua de primera y de segunda", me espanto al ver que (lo diré de nuevo) a veces siento que estamos solos. Sí, los que estamos abiertamente en contra de la independencia y denunciamos (a pesar de las reacciones) en Cataluña determinadas cosas que entendemos como injustas o, directamente, no democráticas, estamos solos.

Muy solos.

Solos porque esas voces, esos voceros, esas opiniones, esos ministros, esos patriotas españoles que alzan la bandera y cuestionan todo sin obejtividad y con el odio rancio común en el nacionalismo no están de nuestra parte. De la parte de los que buscamos la convivencia, el seguir juntos. El no poner fronteras.

De hecho, ésos están sólo de su parte, porque ni su España es mi España ni su mundo se parece al mío.

Esos patriotas a los que la gente como yo les importa un carajo lo único que logran es acorralarnos más y más. Hacer que cada día sea más difícil ser lo que somos, sentirnos como nos sentimos.

En la sociedad de la que yo vengo, esa luminosa Barcelona, pueden, sin el menor reparo, acusar a cualquiera que vean que se desvía y no calla (porque que callemos también les va bien), o que no comulga con lo que ellos entienden como realidad, como justicia, como pueblo, como ley. Pero a menudo me espanto (y me siento más solo todavía) al ver como ciertos diarios (no es novedad y no venden más que a cuatro gatos) y ciertos periodistas hacen ruido que provoca que ciertos ciudadanos anden pitando a un jugador de la Selección porque defiende la celebración de un referendum o porque se mofa del Real Madrid en una celebración.

Parece que hay que estar besando continuamente una bandera y quemando la otra.

Es como si tu pareja te dice que no quiere volver a tu familia y tu familia lo celebra con euforia.

Es la soledad del que, aún en medio de una guerra, intenta tender puentes para que, al final, los dos bandos en la contienda los destruyan.

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