A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

lunes, diciembre 28, 2015

Avenida Río Sena

Poema incluído en el libro "el cálculo de la soledad"

AVENIDA RÍO SENA

UNA viejita envuelta en telas
(también viejas).
Está sentada en el suelo, rodeada
de pasos rápidos y colillas pisoteadas,
y de la armonía
de esa señora que camina con dos niños limpios,
del taxista que lejano adecenta su auto en la parada.
La vieja les sonríe y me sonríe. Bella y tenue,
luz que huye.

Suenan bocinas y risas mientras ella come
muy despacio
con sus manos agrietadas.
Come alguna cosa envuelta en un papel aluminio
que apoya sobre su chaquetilla roja de punto.
(Levanta la cabeza mientras mastica
y mira
con sus ojos vividos al cielo interrumpido por los ligustros,
luz arrugada entre sus petulantes hojas)
Y me habla como quien besa a la vida.

Le doy cien miserables pesos y sonrío
desbordante de generosidad manifiesta.

Av. río Sena, dice la placa
justo encima de sus canas dignas y hambrientas,
pero podría ser cualquier otro rincón de América.
Ella se levanta con insospechada agilidad
y se acerca a unos chicos; parece
que les habla con una dulzura estremecedora,
ellos comen tacos y comparten chelas.
(Pero ni siquiera la miran.
Bajan sus repugnantes cabezas
y esperan a que se marche)

Los miserables siguen conversando,
pago cuatrocientos pesos por mi almuerzo
y me voy satisfecho por mi bondad.

Y por mi odio.

miércoles, diciembre 23, 2015

fragmento de algo en lo que estoy trabajando

Álvaro está jugando al fútbol con sus amigos. Todos llevan camisetas del Athletic, del Barcelona en incluso uno de ellos lleva una del Atlético de Madrid. Juegan sin porterías y sin portero, como se juega en las ciudades. Esta vez tienen que marcar gol haciendo pasar el balón por debajo de un banco del parque. Álvaro es bueno, se desenvuelve bien con el balón, tiene un regate rápido y seco y, además, está más crecido que la mayoría de los niños.
Los plataneros aún tienen as hojas verdes y fuertes a pesar de que están ya a finales de agosto. Su sombra es el refugio de verano de los niños del barrio de Arana. El sol castiga afuera del paseo, pero las señoras pasan por las aceras laterales para evitar tener que cruzar entre los chavales y su pelota de cuero.
En casa de Álvaro, Adela y José María, sus padres, descansan después de una semana de trabajo. Es sábado y aún es verano. Adela es una mujer joven y atrevida que lleva a José María a los lugares más modernos de la ciudad. Escuchan juntos a los Beatles y a la Velvet Underground, y otros elepés que compraron durante el último año. José María se levanta y pone un disco de una banda gallega llamada los suaves. Sonríe y le dice a Adela que se acerque, que ha conseguido algo que quiere compartir con ella. Ella de pie junto a él sonríe nerviosa. Él la coge de la mano y se encierran en el baño.

Álvaro acaba de marcar un gol formidable y corre a abrazarse con uno de sus compañeros improvisados de equipo. Esa tarde se le está dando de maravilla.

miércoles, diciembre 09, 2015

SONATA PARA PIANO (mi primer cuento infantil)


Este cuento está dedicado a tus manos fuertes, a tu didáctica de la vida y a tu amor de abuelo 



¡Por fin se estaba haciendo de día! Pedro dio un salto para salir de la cama justo cuando el sol asomaba en el rojo horizonte. Estaba nervioso y contento porque ese jueves iba a ser un día muy especial para él.

Al llegar a la cocina no pudo evitar pensar en su abuelito, con su fuerte barba que le pinchaba cuando le daba besos incluso estando recién afeitada, y su sonrisa, que decían que era tan grande que era contagiosa. Su madre, en cambio, estaba sentada con una taza de café en sus manos y estaba seria, parecía triste y Pedro sabía por qué; su abuelito se había ido al cielo hacía poco tiempo y su madre lo echaba muchos de menos. Pedro besó a su madre en la mejilla y ella sonrió con sus bellos ojos azules.
Su padre preparó tostadas y zumos para todos y les dijo que parecía que iba a ser un día frío y que debían abrigarse bien. Al terminar el desayuno, Pedro salió hacia la escuela y sus padres fueron a sus respectivos trabajos.

El abuelo de Pedro se llamaba José y había sido un hombre muy fuerte y muy feliz hasta que se puso muy malo y se fue al cielo en apenas unas semanas. Se fue como se termina el verano, de repente y dejando huellas de su existencia en todas partes. Su taller lleno de herramientas y con dos bonitos baúles por terminar, un disco de temas de piano de Beethoven en el viejo tocadiscos y ese agradable olor a colonia de hombre que aún, casi un año después de que despidieran a su abuelo, se podía sentir en algunos lugares de la casa. De ese disco de vinilo Pedro recordaba especialmente una composición que se llamaba Sonata Claro de luna, una sonata que a su abuelo le encantaba.
¡Y precisamente Sonata Claro de Luna del mismísimo Beethoven era lo que Pedro iba a interpretar esa misma tarde en el teatro de su barrio! El teatro no era muy grande, había sitio para unas sesenta personas apretujadas, pero iba a ser un acontecimiento muy especial para Pedro porque estarían sus queridos padres, sus amigos y muchísima gente del barrio.

Pedro llegó al teatro una hora antes de que comenzara todo y se subió al escenario para ensayar un poco mientras el patio de butacas estaba aún vacío. Mientras tocaba el allegro introductorio, comenzó a llegar la gente. ¡En el barrio se había generado mucha expectación por su concierto!
El teatro se llenó y a las siete en punto anunciaron su nombre y la pieza que iba a interpretar. Pedro salió del lateral del escenario, saludó tímidamente y se sentó en la banqueta. Se hizo el silencio y comenzó a tocar, y sus dedos fueron ágiles y decididos, dándole incluso más sentido al compás del metrónomo que dictaba sobre el piano. Mientras sonaban las notas recordó a su abuelo en el jardín de su casa diciéndole “hijo, estudia mucho porque lo que aprendas, lo que sepas hacer, será lo único que no te pueda quitar nadie”, y eso había hecho Pedro, estudiar y esforzarse mucho para poder tocar esa canción para su abuelo. También recordó ese vinilo del que escuchó por primera vez la Sonata de Claro de luna, que él estaba interpretando en ese mismo momento de forma magnífica, y comenzó a sentir el picor fresco de la barba de su abuelo, su querido abuelito, que le estaba dando un beso y le susurraba las gracias por estar haciendo lo que él nunca pudo hacer. Y de repente sintió como alguien se había sentado en la banqueta y ese alguien le dio un empujoncito con el culo para que le dejara sitio. Pedro cedió y miró al público y se dio cuenta de que nadie veía lo que estaba pasando, y siguió tocando, pero esta vez estaba tocando a cuatro manos y la sonata sonaba formidablemente bien, ¡era maravilloso!
Terminaron de tocar la pieza y Pedro se levantó sonriendo y con los ojos llenos de lágrimas de felicidad. Su madre en primera fila aplaudía agradecida y feliz, su padre sonreía con la belleza de un hombre que sonríe de amor y el público le dedicó el más largo aplauso de su corta historia como pianista. Pedro estaba de pie, sonriente, delante de todos y les aplaudía mientras sentía la cálida mirada de su abuelo, que sonreía, invisible y feliz, a su espalda. Ambos tenían la certeza de que esa había sido la mejor despedida posible.

A la mañana siguiente, cuando Pedro entró en la cocina para desayunar, su madre estaba preparando el desayuno con su querido padre mientras sonaba el viejo vinilo de su abuelo en el tocadiscos de casa. Cuando estaba sentado en la mesa y desayunando con sus padres, Pedro vio cómo su abuelo se alejaba lanzándole besos de despedida. Volaba sonriente hacia un cielo blanco y brillante.
“¡Pedro, cariño, desayuna que hay que ir a la escuela!”, le dijo dulcemente su madre. Pedro, le guiñó un ojo a su abuelito que ya desaparecía entre las nubes, bajó su cabeza sonrió a sus padres y se puso a desayunar como hacía tiempo que no lo había hecho.