A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

viernes, enero 15, 2016

sobre la justicia, el dolor y el odio

George se reúne por las noches con un grupo de veteranos de guerra. Discuten sobre política y sobre cómo afrontar la reconstrucción que entienden se está haciendo contra los valores que defendieron en la contienda que acaban de perder. Es un diciembre frío y apacible del año mil ochocientos sesenta y seis. Cerca de la media noche deciden salir a patrullar por el centro de Jackson. Al cabo de un rato se topan con dos negros. Éstos intentan huir, pero la patrulla atrapa a uno. La calle está desierta. El liberado les dice que se llama Booker y les suplica que le dejen ir, que tiene familia esperando en casa, que tiene hijos. George está de pie, mirando como el negro suplica desde el suelo, y recuerda a su hija sollozando mientras le explicaba cómo varios esclavos liberados habían violado a una compañera de escuela. Está nervioso y excitado por el desprecio que le llena. Han perdido la guerra, los hombres del sur murieron por cientos de miles, los carpetbaggers les humillan a diario en su propia tierra, se siente ultrajado y tiene miedo de que el mundo de los estados del sur, tal y como lo había conocido, se vaya al garete. Propina a Booker una patada tremenda en la cabeza, luego coge su arma, se aleja un paso y le pega un tiro en la sien. La mujer de Booker nunca podrá entender por qué su marido fue asesinado aquella noche, la mujer de George nunca supo que aquel día supuso el principio del final de su vida como una familia normal.

Casi ciento cincuenta años después, en Padua, una patrulla de la autodenominada Guardia Nacional Italiana está paseando de madrugada por el centro de la ciudad. Antes de reunirse han visto en las noticias que habían denunciado otra violación en un pueblo de la zona y la víctima reportó que se trataba de dos hombres con rasgos árabes. En Vía Livello se tropiezan con Amín y él intenta evitarlos y, cuando ya entiende que no puede escapar de su acoso, intenta decirles en un torpe italiano que no quiere problemas, que le dejen tranquilo. Amín sobrevive a esa noche pero recibe una terrible paliza que da con él en el hospital. Al cabo de unos días está en casa, pero ni siquiera puede salir a buscar trabajo porque tiene la espalda destrozada. Sus hijos no saben qué ha pasado, pero ven a su padre llorar algunas noches mientras su madre intenta consolarlo. Cuando sus hijos le preguntan, Amín no sabe qué responder, cómo explicar lo que le pasó y por qué le pasó a él.

Mientras escribo estas líneas es noche entrada en Finlandia, y es posible que justo en este momento haya grupos de patriotas finlandeses paseando por las calles de Kemi. Son hombres con leones tatuados y un desarrollado orgullo nacional. Son ciudadanos normales, con familias, con trabajos normales, y no soportan la idea de que pueda venir gente que no comparta sus valores más básicos, que no respete las normas de convivencia de la sociedad finlandesa. Tienen miedo de que aumente la violencia callejera hacia las mujeres, de que haya más robos, de que entre los solicitantes de asilo político haya simpatizantes del Daesh. Puede que hoy algún chico con apariencia no finlandesa se los encuentre y pase un mal rato. Puede que sólo sea eso, que le miren mal y que él pase miedo. Puede que lleguen a insultarlo. O puede que el chico que se los encuentre termine en las urgencias de algún hospital o en comisaría denunciando una agresión de la que no sepa explicar los motivos.

George abandonó el Ku Klux Klan gracias a las súplicas de su esposa, pero cinco años después se pegó un tiro en la boca porque su culpa se le hizo insoportable. Sus hijos aún eran adolescentes. Booker fue enterrado por su familia. Sus dos hijos varones crecieron sin padre y tuvieron una vida tremendamente dura, como lo fue la de muchos negros en la segunda mitad del siglo diecinueve en los Estados Unidos. Amín se mudó a Málaga con su familia e intenta poder tener una vida normal, ganando sueldos de miseria en trabajos que le muelen la espalda. La víctima de la hipotética agresión en Kemi tiene miedo, de hecho todas ellas tienen miedo. Mucho miedo.

Es posible que Booker, Amín o los hijos huérfanos de George hayan existido con otros nombres pero con un sufrimiento parecido. Es posible que ahora mismo alguien con rasgos árabes o subsaharianos esté sufriendo una agresión en el norte de Finlandia, o en Italia, o en Alemania, o en España. Es posible que este texto no sirva para nada o que dé una idea confusa al lector. Es posible que aún no sepamos distinguir entre víctimas y verdugos, y que no entendamos que, por encima del respeto a los demás y de la ley, sólo somos verdugos.

“Hell is empty and all the evils are here” The Tempest, William Shakespeare

El análisis simple y complaciente que con frecuencia nos lanza a calificar de imbéciles y deshechos sociales a los que tienen conductas racistas, no ayuda. Quizás nos ayude a sentirnos bien, a diferenciarnos de la brutalidad y de la ignorancia, pero no ayuda a solucionar el problema y mucho menos ayuda a lograr que la sociedad supere el miedo a los otros y sea una sociedad de verdad justa y diversa. La solución tiene que pasar inexorablemente por proteger a las víctimas con contundencia y trabajar para que la mayor parte de la sociedad, si no toda, no sienta miedo y se sienta segura en su entorno.
Todos estamos cerca del horror. Nuestro miedo puede hacer que caigamos en él.
Por otra parte, si nos arrogamos como los guardianes de la justicia, no seremos justicia ni ley: somos la deleznable arbitrariedad que deriva del miedo y del odio. Somos la continuación del odio, otro eslabón más de la barbarie que nunca terminará.