A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían.

jueves, julio 28, 2016

El insecto aplastado.

Era una tijereta que avanzaba lentamente por el parqué de la cocina mientras yo escribía un correo electrónico que tenía que enviar de forma inmediata. Debía haberlo enviado antes, y en ese momento la urgencia y la hora me apremiaban mientras que la noche, clara, quebradiza, pero sobre todo silenciosa, me miraba a los ojos diciéndome que yo era el culpable de no haber enviado la comunicación a tiempo. El insecto paró por un momento y pude ver sus antenas vigorosas y su abdomen negruzco y anillado, que hicieron de la visión un recuerdo de la infancia, de cuando las cazábamos y éramos tremendamente crueles con ellas, en contraste con el color del suelo de mi casa. Hice clic sobre "enviar" en el correo electrónico y cuando levanté la cabeza el bicho ya no estaba ahí. Y sentí un miedo solapado porque la tijereta hubiera encontrado el camino a algún rincón oscuro y húmedo de la cocina y hubiera realizado una puesta de huevas, que luego serían larvas, y luego pupas, y luego pequeños imagos con estas tremendas pinzas prensoras.  

Recuerdo que durante mi niñez en mi barrio de Barcelona los llamábamos cortapichas, y eran insectos imponentes. Y ciertamente lo eran. Con sus pinzas traseras dibujando esa forma tan mitológica y amenazante. Eran ese insecto que no hacía nada (nada malo) pero nadie quería tener paseando por el pantalón, o por el suelo de casa. Al no encontrar a la tijereta me di por vencido de una forma casi ausente; la di, a ella, por olvidada. 


Pensé que olvidaría, pero no pude, y la noche pasó lenta y mi cabeza jugueteaba conmigo, y la tijereta se reprodujo por centenares y me imaginaba ese lugar húmedo, ese refugio perfecto para el insecto que no había acertado a pensar que debía pisar con mi pie desnudo antes de que anduviera libre por la cocina de mi casa. 

A la mañana siguiente busqué su nombre en una página de entomología y descubrí que su verdadero nombre (su nombre científico) era dermáptera. Menudo nombre para el insecto que a esas horas estaría paseando por algún rincón de la casa, después de haber dejado su herencia, su prole homicida y feroz, a buen recaudo. Con el café perdiendo su paciencia y su temperatura, y mientras pensaba con la pesadez lúcida del idiota que desatiende a la realidad, apareció mi hijo con su carrito, con su andador de madera, con su juguete favorito. Con el que ya no sólo camina, sino que corretea por la casa y por los parques mientras se ríe a carcajadas. Quién sabe si de felicidad o de emoción, tal vez de felicidad emocionada. Y en una de esas, soltó el carro, se dejó caer de culo y me miró para que lo cogiera en brazos. Y cuando moví el carrito para apartarlo de mi camino, me encontré con la querida y temida tijereta, la dermáptera de las pérfidas metamorfosis, el cortapichas de nuestras pesadillas, con las pinzas amenazantes y épicas, que había sido aplastado por la rueda inocente del carro de mi inocente hijo. Justo había leído una última línea sobre las dermápteras: m
uchas especies prodigan cuidados maternales a los huevos, volteándolos y lamiéndolos continuamente para evitar cualquier tipo de contaminación. Me agaché, cogí a la dermáptera y le dediqué una despedida lenta y silenciosa mientras caminaba hacia la basura en la que la deposité con la delicadeza de quien acababa de aprender algo sobre algo que entonces ya estaba muerto y en el cubo de la basura orgánica. Mi hijo sonreía ajeno al pequeño drama, tragicómico y contradictorio, que había generado mi miedo soterrado. En la bandeja de entrada del correo electrónico apareció un nuevo mensaje, dos signos de interrogación, una pregunta vacía que se abría y se cerraba con inquietante corrección, encabezaban la respuesta de Gregorio San Sebastián. Un adjunto que contenía la fotocopia de un contorno tenaz e inspirador, unas pinzas cinceladas, con ese cuerpo que fue brillante y quitinoso en vida, y que ahora se trazaba en líneas carbón que me recordaban a la calcinación de los miedos antiguos en la retina del tiempo consumado.